Terminábamos la primera parte con una dificultad. Si existe un candidato que vence a todos los demás en comparaciones por pares, el criterio de Condorcet ofrece una respuesta bastante limpia: elegirlo. Pero puede ocurrir que A venza a B, B a C y C a A y, en tal caso, la mayoría no desaparece, sino que se vuelve circular. En ese punto ya no basta con contar enfrentamientos directos, porque necesitamos una regla que decida qué hacer cuando las propias preferencias colectivas forman un ciclo.
De ahí surgen varios métodos que intentan conservar la lógica de Condorcet sin verse bloqueados por sus paradojas, mientras que otros abandonan las preferencias ordinales y piden al votante que puntúe, valore o apruebe candidatos. No son simplemente soluciones distintas al mismo problema, sino maneras diferentes de decidir qué información queremos obtener de cada papeleta y qué tipo de apoyo consideramos suficiente para ganar.
Método Schulze
Esta fórmula parte precisamente del problema de los ciclos. Schulze intenta resolverlo sin abandonar el principio que lo ha producido: sigue comparando candidatos por pares, pero deja de observar tan solo las victorias directas y toma en consideración también los caminos que permiten llegar de uno a otro a través de candidatos intermedios.
Supongamos que A vence a B y B vence a C. Aunque A no haya derrotado directamente a C, existe un camino de A hasta C que pasa por B. La fuerza de ese camino queda determinada por su eslabón más débil, porque una cadena de victorias no puede ser más sólida que la menos contundente de ellas. El procedimiento busca para cada pareja de candidatos el camino más fuerte disponible en cada sentido y después los compara. Si el mejor camino de A hacia B es más fuerte que el mejor de B hacia A, A queda por delante de B.
Esto permite entender mejor qué hace Schulze cuando aparece una paradoja de Condorcet. Imaginemos que A pierde directamente frente a C por un margen pequeño, pero derrota con claridad a B y B hace lo mismo con C. El método no borra la victoria de C sobre A ni actúa como si no hubiera existido, sino que la sitúa dentro de la red completa de preferencias y compara la solidez de las conexiones que conducen de uno a otro. La elección deja así de depender de un enfrentamiento aislado y pasa a considerar el conjunto de relaciones entre los candidatos.
Su dificultad está en que el votante expresa un orden relativamente sencillo —A antes que B, B antes que C—, pero el recuento transforma después esas preferencias en una red de caminos y compara la fuerza de unos con otros. El método consigue así que unas preferencias capaces de formar círculos produzcan finalmente una relación coherente y conserva una propiedad importante: si existe un vencedor de Condorcet, Schulze lo elegirá. Y, también satisface otras condiciones formales, entre ellas la resistencia a las candidaturas clónicas.
Pero tampoco aquí desaparecen las decisiones de diseño, ya que la fuerza de una victoria o de un enlace puede definirse de distintas maneras, por ejemplo atendiendo al número de votos favorables o al margen sobre el rival, y esas elecciones pueden influir en el resultado. Esa cuestión no es exclusiva de Schulze, sino que afecta de manera general a los métodos de esta familia.
La contrapartida principal sigue siendo la comprensibilidad. Un ciudadano puede entender perfectamente una papeleta en la que ordena candidatos y, sin embargo, tener muchas más dificultades para comprender cómo ese orden acaba convertido en caminos de distinta fuerza. Eso último no significa que el recuento sea opaco: si las papeletas, la matriz de comparaciones y el algoritmo son públicos, el procedimiento puede reproducirse y auditarse. Pero una cosa es que un resultado pueda verificarse y otra que resulte intuitivo.
Y esta última es una diferencia que importa políticamente. Una asociación, un partido, una organización profesional o una comunidad habituada a procedimientos técnicos puede aceptar sin demasiados problemas un sistema cuyo recuento requiera varias operaciones, siempre que estas sean públicas y comprobables. En una elección con millones de votantes entra en juego otra exigencia: que estos puedan comprender con relativa facilidad no solo cómo votan, sino por qué ha ganado quien ha ganado. Schulze resulta especialmente interesante allí donde se desea conservar el criterio de Condorcet, resolver sus ciclos y existe una comunidad capaz de aceptar y auditar un recuento complejo, mientras que pierde atractivo cuando la sencillez pública del resultado pesa tanto como la precisión formal.
Pares ordenados (Ranked Pairs)
El método de pares ordenados o Ranked Pairs, también llamado método Tideman, afronta el mismo problema de los ciclos mediante una lógica distinta que puede resultar más fácil de representar. Primero calcula todas las victorias por pares y las ordena desde las más fuertes hasta las más débiles. Y después las va fijando una a una, siempre que hacerlo no cree un ciclo con las que ya han sido aceptadas.
Supongamos que A vence con claridad a B, B vence también con claridad a C y C supera por poco a A. Ranked Pairs fija primero A sobre B y después B sobre C. Cuando llega el turno de incorporar la victoria de C sobre A, la descarta porque cerraría el círculo A-B-C-A. De este modo, A queda en la parte superior de la relación resultante.
La lógica puede representarse mediante flechas que unen a los candidatos. Se colocan primero las correspondientes a las victorias más fuertes y se continúa descendiendo, pero ninguna puede añadirse si con ello regresamos al punto de partida. Cuando las preferencias colectivas se contradicen entre sí, las victorias más sólidas tienen prioridad y son las más débiles las que ceden.
También aquí hay que decidir qué significa exactamente que una victoria sea «más fuerte». Puede atenderse al margen por el que un candidato vence a otro, al número de electores que sostienen esa victoria o a otras variantes, y los empates necesitan reglas definidas de antemano. Ranked Pairs no elimina, por tanto, las decisiones de diseño institucional, aunque esta dificultad tampoco le es exclusiva.
Tideman desarrolló el método prestando especial atención al problema de los candidatos clónicos, y también Ranked Pairs satisface el criterio de Condorcet: si existe alguien capaz de derrotar a todos los demás por pares, será elegido. Su interés aparece precisamente cuando ese vencedor no existe y debemos decidir qué hacer con el círculo de derrotas.
Schulze y Ranked Pairs pertenecen a la misma familia y, en muchos casos, conducen al mismo resultado: cuando existe un vencedor de Condorcet, ambos lo eligen necesariamente. Sus diferencias aparecen sobre todo cuando hay ciclos y cada uno aplica su propia regla para resolverlos: Schulze compara los caminos más fuertes entre candidatos; Ranked Pairs prioriza las victorias más fuertes y las fija mientras no formen un círculo. La elección entre ambos depende menos de una supuesta superioridad absoluta que de qué se valore más en cada contexto: la forma de resolver los ciclos, la facilidad de auditoría, la claridad con la que puede explicarse el resultado, las reglas de desempate y la cultura de la organización que vaya a utilizarlos.
Votación STAR
La votación STAR (STAR Voting) abandona las papeletas ordinales y pide a los ciudadanos que puntúen a cada candidato, normalmente de cero a cinco. Primero se suman todas las puntuaciones y pasan a una segunda fase automática los dos candidatos con mayor total. Después cada papeleta cuenta a favor del finalista al que ese elector haya puntuado más alto y gana quien resulte preferido por más votantes entre esos dos.
El propio nombre original resume el procedimiento: Score Then Automatic Runoff, puntuar y celebrar después una segunda vuelta automática. La primera fase mide apoyo acumulado y la segunda enfrenta directamente a los dos candidatos que han conseguido reunir más puntuación.
Supongamos que A recibe muchos cincos, pero también muchos ceros. B obtiene notas altas de forma más regular y C acumula valoraciones medias. Si A y B pasan a la ronda final, ya no importa cuál de los dos sumó más puntos en la primera fase: cada papeleta se inclina por aquel al que había otorgado la puntuación superior. El método formula así dos preguntas sucesivas: quién reúne más valoración y cuál de los dos mejor puntuados es preferido por más electores.
La puntuación permite expresar matices que una papeleta de una sola opción pierde. Un ciudadano puede distinguir entre alguien a quien desea ver elegido, otro que le parece aceptable y un tercero al que rechaza, pero esa riqueza es menos objetiva de lo que aparenta. Un cinco no significa necesariamente lo mismo para dos personas y, además, los votantes saben que sus puntuaciones influyen en quién pasa a la ronda final, de manera que pueden tener incentivos para exagerarlas y convertir una escala de matices en una sucesión de máximos y mínimos.
La segunda fase corrige algunos efectos de esa estrategia, pero no todos. También puede ocurrir que un candidato capaz de derrotar a todos los demás en enfrentamientos directos quede tercero por suma de puntos y ni siquiera llegue a disputar la ronda final. STAR no es, por tanto, un método Condorcet.
Su experiencia práctica sigue siendo reducida, aunque no inexistente. El Partido Independiente de Oregón lo utilizó en su primaria estatal de 2020 y el Partido Demócrata de Oregón lo empleó ese mismo año para seleccionar delegados. Son experiencias políticas reales, pero todavía muy alejadas de la prueba que supondría aplicarlo de manera sostenida en elecciones públicas de gran escala.
Tiene, a cambio, una virtud fácil de apreciar: permite expresar bastante más información que la pluralidad y termina con un enfrentamiento final entre dos candidatos que puede explicarse sin demasiadas dificultades. Por ahora parece más prudente considerarlo una innovación interesante que un procedimiento tan contrastado como la pluralidad, la segunda vuelta o el voto preferencial.
Juicio mayoritario
El juicio mayoritario (Majority Judgment) utiliza también una papeleta de valoración, pero cambia por completo la manera de agregar esas opiniones. No suma puntos ni calcula promedios. Cada elector califica a todos los candidatos mediante una escala común —por ejemplo, excelente, bueno, aceptable, insuficiente o rechazable— y vence quien obtiene la mejor valoración mediana.
La mediana es lo que distingue realmente al método. Si ordenamos todas las valoraciones recibidas por un candidato, nos quedamos con la que ocupa el centro: aproximadamente la mitad queda por encima y la otra mitad por debajo. Si la valoración mediana de A es «bueno» y la de B «aceptable», A queda por delante, aunque B haya recibido más calificaciones máximas.
Esto produce un resultado de naturaleza distinta. No solo sabemos quién ha ganado, sino también con qué juicio central lo ha hecho. Un candidato cuya mediana es «bueno» no ocupa la misma posición política que otro que vence con una mediana de «insuficiente». En ambos casos puede ser el primero de la clasificación, pero el segundo resultado dice bastante acerca de la opinión general que merece el conjunto de candidatos.
La mediana limita además el poder de las valoraciones extremas, ya que un pequeño grupo de notas máximas no puede compensar fácilmente una masa amplia de juicios negativos, como podría ocurrir al sumar puntos o calcular una media. El ganador necesita desplazar hacia arriba una parte considerable de la distribución de opiniones.
Eso no elimina la estrategia, puesto que las palabras de la escala no significan exactamente lo mismo para todos y un elector puede colocar deliberadamente a un rival en la categoría más baja. La mediana hace menos decisivos algunos extremos, pero no convierte las valoraciones en sinceras por arte de magia.
El juicio mayoritario tampoco es un método Condorcet. Un candidato puede obtener la mejor valoración mediana sin ser necesariamente quien derrotaría a todos los demás en enfrentamientos por pares, porque el procedimiento está midiendo otra cosa: la distribución de los juicios que recibe cada candidato. También hay que decidir qué categorías utilizar y, sobre todo, qué hacer cuando dos candidatos comparten la misma mediana. La idea principal puede explicarse con bastante facilidad, pero los procedimientos que resuelven esos empates son por fuerza más elaborados.
El método ha llegado además a utilizarse en procesos políticos de cierta escala. En la Primaire populaire francesa de 2022 participaron alrededor de 400.000 personas utilizando el juicio mayoritario para valorar a los candidatos. No equivale a su adopción en unas elecciones generales, pero demuestra que el procedimiento puede aplicarse a electorados numerosos.
Resulta especialmente sugerente cuando interesa conocer algo más que la identidad del ganador. En una asociación, un comité o cualquier organización donde los candidatos sean relativamente conocidos, puede ser útil saber no solo quién ocupa el primer puesto, sino qué valoración general recibe cada uno. Encaja peor allí donde los electores no juzgan personas sobre una escala compartida, sino que escogen entre proyectos políticos que consideran incompatibles.
Voto por aprobación
El voto por aprobación (Approval Voting) reduce esa lógica de valoración a su expresión más simple. Ya no hay cinco puntos ni varias categorías. Para cada candidato solo existen dos posibilidades: aprobado o no aprobado. El ciudadano puede aprobar a tantos como considere aceptables y gana quien reúne más aprobaciones.
Si alguien considera idóneos a A y B, tolerable a C e inaceptable a D, puede marcar A y B. Otro elector quizá apruebe únicamente a C. Cada candidato acumula apoyos de manera independiente y respaldar a uno no impide respaldar también a otro.
La sencillez es evidente, dado que también puede reducirse la división del voto entre candidaturas próximas, porque un elector tiene la posibilidad de aprobar a varias, pero no desaparece necesariamente: si cada ciudadano marca únicamente a su favorito, el comportamiento del sistema se aproxima mucho al de la pluralidad.
La simplicidad de la papeleta tampoco elimina las decisiones difíciles, sino que las traslada al votante. ¿Dónde debe colocar la frontera entre lo aceptable y lo inaceptable? ¿Conviene aprobar únicamente al candidato que realmente desea o también a todos aquellos que preferiría antes que al peor resultado posible? La respuesta depende en parte de las expectativas acerca de la elección y un ciudadano puede negar su aprobación a su segunda opción para no ayudarla frente a su favorita, mientras otro puede ampliar el número de aprobados porque teme especialmente la victoria de un tercero. El método no elimina el voto estratégico, sino que lo concentra en la decisión de dónde situar el umbral.
La clase de ganador que produce es también peculiar, dado que vence quien obtiene más aceptación declarada, que no tiene por qué ser quien reúne más primeras preferencias ni quien derrotaría a todos sus rivales en enfrentamientos directos. Esto puede favorecer a candidatos capaces de resultar aceptables para grupos muy diferentes aunque no sean la primera opción de muchos.
Ahí reside tanto su virtud como la principal objeción que puede hacerse al sistema. Si queremos reducir la polarización y premiar la capacidad de reunir apoyos amplios, ese candidato transversal puede parecer precisamente el adecuado. Si concedemos más importancia a la intensidad de las preferencias o a la definición clara de proyectos enfrentados, el mismo resultado puede parecernos demasiado tibio.
El voto por aprobación sí cuenta con algunas experiencias electorales públicas. Fargo lo utilizó en sus elecciones municipales de 2020, 2022 y 2024. Sin embargo, Dakota del Norte aprobó en 2025 una ley que prohibió tanto la votación por aprobación como el voto preferencial. San Luis mantiene una fórmula diferente: la aprobación sirve para seleccionar a dos finalistas, que después se enfrentan en una elección ordinaria. Estos casos enseñan algo que trasciende al propio método, porque una reforma electoral puede funcionar técnicamente y, aun así, depender de que sobreviva a las decisiones legislativas y a la aceptación política del entorno en el que se aplica.
Tras haber contemplado estos métodos, podría parecer que hemos avanzado desde procedimientos sencillos hacia otros cada vez más perfeccionados, pero sería una conclusión equivocada puesto que la complejidad no es por sí misma una mejora. Un sistema puede utilizar más información y resultar al mismo tiempo menos comprensible, más costoso de administrar o más dependiente de especialistas, mientras que otro puede perder matices y, sin embargo, ofrecer un resultado rápido, transparente y fácilmente aceptado.
La mayoría simple pregunta quién reúne más primeras opciones, la segunda vuelta quién vence después de reducir la elección a dos candidatos, el voto preferencial intenta reproducir varias rondas de eliminación dentro de una sola votación, Condorcet busca a quien derrotaría a todos los demás en enfrentamientos directos, Schulze y Ranked Pairs intentan resolver los ciclos que pueden aparecer en esas comparaciones, la votación STAR combina puntuación y enfrentamiento final, el juicio mayoritario utiliza la valoración mediana, y el voto por aprobación cuenta cuántos ciudadanos consideran aceptable a cada candidato. No son nueve respuestas distintas a una misma pregunta, porque cada procedimiento convierte «elegir» en una operación diferente y cada uno decide qué parte de las preferencias del elector considera relevante.
Si buscamos una decisión rápida entre candidatos claramente diferenciados, la pluralidad puede bastar pero, si queremos asegurar una mayoría final visible, la segunda vuelta ofrece una solución fácil de entender y, si deseamos que el elector pueda ordenar preferencias sin volver a convocarlo a las urnas, el voto preferencial resulta atractivo. Cuando importa encontrar al candidato capaz de vencer a cualquier rival directo, los métodos de Condorcet se ajustan mejor a esa pregunta, mientras que STAR, el juicio mayoritario y el voto por aprobación resultan más adecuados cuando queremos medir grados de aceptación, valoración o amplitud del apoyo.
Pero ningún método existe sin contexto. Una asociación pequeña puede permitirse un procedimiento que exija explicar matrices, caminos o reglas de desempate, mientras que una elección nacional quizá necesite que millones de personas comprendan en pocos minutos por qué ha ganado alguien. Una comunidad que conoce bien a los candidatos puede valorarlos con bastante sentido, pero un electorado enorme y sometido a campañas simplificadoras puede utilizar las escalas de otra manera. Tampoco generan los mismos incentivos unas elecciones entre partidos consolidados que otras con numerosos candidatos independientes.
Por eso preguntar cuál es el mejor método carece de sentido si no añadimos para qué usamos tal método. No es lo mismo buscar al candidato respaldado por la minoría más numerosa que al vencedor de una mayoría final, al que derrota a todos por pares, al mejor valorado por el conjunto o al que resulta aceptable para más ciudadanos. Cada método privilegia una definición distinta de ganador y deja otra información en segundo plano, de modo que la decisión importante no consiste en escoger el procedimiento más sofisticado, sino en decidir qué queremos saber de los electores, qué carga estamos dispuestos a imponerles, qué grado de complejidad puede soportar el recuento y qué clase de legitimidad esperamos del resultado.
Antes de contar los votos hay que decidir qué queremos que un voto sea capaz de decir.