Métodos electorales. Elegir una persona (I)

Un hombre con una papeleta ante una encrucijada de cuatro caminos

Elegir a una persona parece, en principio, una operación sencilla en la que se presentan varios candidatos, cada ciudadano expresa su preferencia y vence quien recibe más apoyos. Mientras solo haya dos opciones relevantes, el procedimiento apenas plantea dificultades conceptuales, puesto que quien obtiene más votos entre los emitidos a favor de uno u otro candidato es el preferido por la mayoría de quienes han optado entre ambos. Pero la aparente simplicidad desaparece en cuanto concurren tres o más candidatos, porque entonces debemos decidir qué entendemos exactamente por apoyo y, en consecuencia, qué significa ganar.

Quien reúne más primeras preferencias puede no ser el candidato que una mayoría elegiría si tuviera que enfrentarlo por separado con alguno de sus rivales. Del mismo modo, alguien que despierta menos entusiasmo como primera opción puede resultar aceptable para una proporción mucho mayor del electorado. No existe aquí contradicción alguna, porque estamos midiendo cosas diferentes.

Podemos buscar al candidato que figure en primer lugar en más papeletas, exigir que alguien termine reuniendo una mayoría, averiguar quién derrotaría a cada uno de sus adversarios por separado o medir qué candidatos resultan aceptables para una proporción mayor de ciudadanos. Las preferencias individuales no se convierten por sí solas en una decisión colectiva: necesitamos algún procedimiento que las agregue, y ese procedimiento determina qué información pedimos al elector, cuál utilizamos y qué clase de apoyo consideramos suficiente para otorgar la victoria.

Y se han planteado multitud de métodos que resuelven alguno de los problemas planteados, al precio de abrir otros nuevos.

Mayoría simple

El procedimiento más conocido es la mayoría simple o pluralidad. Aquí, cada elector escoge a un candidato y vence quien obtiene más votos, aunque no alcance la mitad del total. Siguiendo nuestro ejemplo anterior, A ganaría con el 40 %, por delante de B, con un 35 %, y C, con un 25 %.

Su principal ventaja resulta evidente: es fácil de entender, la papeleta no plantea ninguna dificultad y el recuento permite relacionar de manera inmediata los votos emitidos con el resultado. Cuando únicamente existen dos candidatos y consideramos los votos válidos destinados a uno u otro, el resultado coincide con la mayoría. El problema surge cuando hay más de dos candidatos, porque entonces solo conocemos la primera opción de cada ciudadano y perdemos toda la información restante.

Volvamos al ejemplo de antes de los tres candidatos e imaginemos que A y B representan posiciones relativamente próximas mientras C ocupa otra claramente distinta. A obtiene un 27 %, B un 26 % y C un 47 %. C gana, aunque A y B sumen entre ambos un 53 %. No podemos concluir sin más que cualquiera de los dos habría derrotado a C, porque ignoramos si los votantes de A preferían realmente a B antes que a C y viceversa. Precisamente ahí reside la limitación del sistema: la papeleta no nos permite saberlo.

Puede ocurrir, sin embargo, que casi todos los electores de A prefieran a B antes que a C y que ocurra algo semejante entre los de B respecto de A. En ese caso, la presencia simultánea de dos candidatos próximos divide el voto y permite vencer a un tercero que habría perdido frente a cualquiera de ellos por separado. El procedimiento no ha cometido ningún error, sino que ha hecho exactamente aquello para lo que fue diseñado: contar primeras preferencias y nada más.

De ahí surge la táctica del famoso voto útil. Un ciudadano puede preferir sinceramente a A pero considerar que tiene pocas posibilidades de ganar y votar entonces por B para impedir la victoria de C. Su voto deja de expresar únicamente qué candidato desea y pasa a incorporar un cálculo sobre las posibilidades de los demás. Por la misma razón, las candidaturas próximas tienen incentivos para coordinarse, negociar retiradas o evitar concurrir por separado, puesto que la fragmentación puede favorecer al adversario común.

Nada de esto invalida la mayoría simple, que puede funcionar razonablemente bien cuando existen dos grandes candidaturas, cuando la fragmentación es escasa o cuando se concede un valor especial a la sencillez del procedimiento. Lo importante es saber qué nos está diciendo realmente el resultado: el ganador no es necesariamente el candidato preferido por una mayoría frente a las demás alternativas, sino aquel que ha conseguido reunir más primeras preferencias que cualquier rival.

Segunda vuelta

El método de la segunda vuelta intenta corregir precisamente esa insuficiencia. Si nadie consigue la mayoría requerida en la primera votación, los dos candidatos mejor situados pasan a una nueva elección. Al quedar únicamente dos opciones, una de ellas obtendrá necesariamente más votos que la otra, salvo empate.

Si A recibe el 40 %, B el 35 % y C el 25 %, A y B pasan a la segunda ronda. Los electores de C deben elegir entonces entre ambos y puede ocurrir perfectamente que una mayoría se incline por B, de modo que quien quedó segundo en la primera votación termine siendo el vencedor.

El procedimiento corrige uno de los problemas de la mayoría simple, porque ya no basta con encabezar una minoría superior a las demás y el ganador final tiene que imponerse a un adversario mediante una mayoría de votos. Pero conviene precisar qué significa exactamente esa mayoría, ya que solo sabemos que el vencedor ha sido preferido al otro finalista y no que hubiera derrotado a cualquiera de los candidatos iniciales.

Imaginemos que C fuera la primera opción de pocos votantes, pero la segunda de casi todos. A y B cuentan con electorados más numerosos y fieles, aunque provocan un fuerte rechazo fuera de ellos, mientras C entusiasma menos pero resulta aceptable para una mayoría. Es posible que C quede eliminado en la primera vuelta y que, sin embargo, hubiera derrotado tanto a A como a B en enfrentamientos separados.

La segunda vuelta garantiza, por tanto, una mayoría final entre dos candidatos seleccionados previamente, pero no garantiza que esos dos sean los que mejor representan las preferencias del conjunto. La primera ronda continúa dependiendo de las primeras opciones y puede dejar fuera a alguien que habría resultado preferido frente a cualquiera de los finalistas.

A ello se añade un problema práctico. Hay que celebrar una nueva elección, desarrollar otra campaña, asumir nuevos costes y movilizar otra vez a los votantes. Entre ambas jornadas pueden variar la participación, las alianzas y hasta los motivos por los que una persona decide su voto. No estamos ante una única elección partida en dos momentos, sino ante dos decisiones relacionadas entre sí.

Voto alternativo

El voto alternativo, conocido en inglés como IRV por instant-runoff voting (segunda vuelta instantánea), intenta conservar buena parte de esa lógica sin obligar a celebrar una segunda jornada. Pertenece a la familia de los sistemas preferenciales y registra más información en una sola papeleta: en lugar de escoger únicamente a un candidato, el ciudadano los ordena según sus preferencias. Puede indicar, por ejemplo, que prefiere primero a C, después a B y finalmente a A. Sabemos así no solo cuál es su candidato favorito, sino también qué haría si este quedara eliminado.

El recuento comienza por las primeras preferencias. Si alguien alcanza la mayoría exigida, gana; si nadie lo consigue, se elimina al candidato con menos apoyos y sus papeletas pasan a la siguiente opción todavía disponible. El proceso continúa hasta que uno de los candidatos reúne una mayoría de los votos que siguen activos.

Con cien electores, A podría recibir 40 primeras preferencias, B 35 y C 25. Si C queda eliminado y, al revisar sus papeletas, encontramos que veinte de sus votantes habían colocado a B en segundo lugar y cinco a A, el resultado pasa a ser de 55 votos para B y 45 para A. B termina así ganando aunque hubiera quedado por detrás de A en el primer recuento.

El atractivo del procedimiento reside en que quien prefiere a C puede colocarlo en primer lugar sin necesidad de renunciar a él por miedo a desperdiciar el voto, porque, si queda eliminado, su papeleta seguirá participando en el recuento a través de su siguiente preferencia. Se reduce así parte de la presión hacia el voto útil y varias candidaturas cercanas pueden competir sin dividir de manera tan inmediata a sus electores.

Sin embargo, el orden de las eliminaciones sigue siendo decisivo. Un candidato puede recibir pocas primeras preferencias y ser, al mismo tiempo, la segunda opción de una gran parte del electorado. Si queda eliminado pronto, esas preferencias nunca podrán convertirlo en ganador. Incluso es posible que salga de la competición alguien que habría derrotado a todos los candidatos restantes si se hubiera enfrentado individualmente con cada uno de ellos.

El voto alternativo utiliza más información que la mayoría simple y concentra varias rondas dentro de una sola votación, pero continúa trabajando mediante eliminaciones sucesivas. Existe otra posibilidad: abandonar esa lógica y comparar directamente a todos los candidatos entre sí.

Comparaciones por parejas en el método de Condorcet: ganador y ciclo
Comparaciones por parejas en el método de Condorcet: caso con ganador de Condorcet y caso con ciclo (paradoja de Condorcet).

Condorcet

Si los electores ordenan a los candidatos, cada papeleta contiene suficiente información como para establecer comparaciones entre parejas. Una persona que sitúa primero a B, después a C y finalmente a A nos está diciendo que prefiere B antes que C, B antes que A y C antes que A.

Podemos reunir todas las papeletas y realizar entonces una serie de enfrentamientos hipotéticos: A contra B, A contra C y B contra C. Si uno de los candidatos vence a todos los demás por separado, recibe el nombre de ganador de Condorcet.

La idea posee una fuerza intuitiva considerable. Si B es preferido a A por una mayoría y también es preferido a C por una mayoría, parece razonable conceder importancia al hecho de que ningún otro candidato podría derrotarlo en una elección de dos.

Veámoslo con cien electores. Cuarenta ordenan sus preferencias como A > B > C; treinta y cinco como B > C > A, y veinticinco como C > B > A. Si solo contamos primeras preferencias, gana A con 40 votos, frente a 35 de B y 25 de C. Pero las comparaciones por parejas ofrecen otro resultado. Frente a A, B reúne sus 35 votantes y los 25 de C, que también lo prefieren a A, por lo que vence por 60 a 40. Frente a C, B conserva sus 35 votos y suma los 40 de A, cuyos electores lo sitúan por delante de C, de manera que vence por 75 a 25. B es, por tanto, el ganador de Condorcet pese a no haber sido la primera opción del grupo más numeroso.

La diferencia entre ambos procedimientos queda así bastante clara. La mayoría simple pregunta quién reúne más primeras preferencias; el criterio de Condorcet, quién sería preferido por una mayoría frente a cada una de las demás opciones.

Podría parecer que hemos encontrado una solución definitiva, porque resulta difícil discutir la posición de alguien capaz de derrotar individualmente a todos sus rivales. El problema es que ese candidato no siempre existe. Las preferencias de una persona suelen ser transitivas: si alguien prefiere A antes que B y B antes que C, esperamos que también prefiera A antes que C. Pero cuando agregamos las preferencias de muchas personas puede aparecer una relación circular, aun cuando ninguno de los electores sea individualmente incoherente.

Basta con dividir a 99 votantes en tres grupos iguales. Los primeros 33 prefieren A > B > C; otros 33, B > C > A, y los últimos 33, C > A > B. Al comparar A con B, los primeros y los terceros grupos prefieren A, de modo que A vence por 66 a 33. Al enfrentar B con C, los dos primeros grupos prefieren B y este vence también por 66 a 33. Pero, al comparar C con A, son el segundo y el tercer grupo quienes prefieren C, que vuelve a ganar por 66 a 33. A derrota a B, B derrota a C y C derrota a A.

Esto es lo que conocemos como paradoja de Condorcet. No existe un error en el recuento ni una contradicción dentro de las preferencias individuales; el problema surge al convertirlas en una preferencia colectiva, porque mayorías distintas pueden formarse en cada comparación.

Llegamos así a una conclusión menos cómoda que la búsqueda de un sistema perfecto, pero bastante más útil para entender cómo funcionan las elecciones. No estamos avanzando desde métodos primitivos hacia procedimientos cada vez más perfeccionados, puesto que cada sistema utiliza una parte distinta de la información disponible y define de manera diferente qué debe entenderse por victoria: la mayoría simple prima las primeras preferencias; la segunda vuelta exige una mayoría final entre dos supervivientes; el voto alternativo incorpora preferencias sucesivas, y Condorcet busca a quien pueda derrotar a todos los demás por separado, siempre que exista.

Hasta ahora hemos pedido al elector que escoja una persona o que ordene a varias. Pero también podemos plantear la elección de otras maneras: permitir que apruebe a todos los candidatos que considere aceptables, pedirle que los valore mediante una escala o desarrollar procedimientos capaces de resolver los ciclos que aparecen en las comparaciones de Condorcet.

Ahí comienza la segunda parte.