Antes del amanecer, en diversas ciudades industriales británicas del siglo XIX, podías ver a hombres y mujeres avanzar por las calles con una vara larga al hombro. Se paraban frente a una casa, alzaban la pértiga hasta la ventana, golpeaban el cristal y no se iban hasta comprobar que alguien se movía dentro. Después pasaban a la siguiente. Esos eran los knocker-ups, y su oficio consistía en despertar a otros para que llegaran a tiempo al trabajo.
Aquello no era una excentricidad, sino que respondía a un cambio profundo en la forma de medir el día. En buena parte del trabajo preindustrial, la jornada estaba más vinculada a la tarea, la luz o los ritmos de la actividad que a una hora exacta. Pero la fábrica exigía que cientos de personas cruzaran la puerta a una hora precisa, bajo pena de multa o de recorte en el salario. El historiador E. P. Thompson describió ese tránsito desde un trabajo orientado por las tareas hacia otro cada vez más sometido a la disciplina del reloj como una de las transformaciones fundamentales de la industrialización. El despertador doméstico existía ya, pero tardó en ser lo bastante barato y fiable para entrar en todas las casas obreras, y entre la nueva obligación y el aparato que permitiera cumplirla se abrió un hueco, y alguien lo llenó.
La prensa británica menciona el oficio con frecuencia creciente desde mediados del siglo XIX, sobre todo en ciudades como Manchester, Leeds, Sheffield o Londres. En Manchester se anunciaba ya en 1850 el servicio por dos peniques semanales y, en 1853, un corresponsal afirmaba que los knocker-ups abundaban casi tanto como las cervecerías. El negocio llegó a alcanzar dimensiones respetables puesto que, en 1877, se documentaron profesionales de Leeds y Manchester que atendían entre ochenta y cien clientes cada día.
El método tenía su salero, porque aporrear las puertas despertaba a media calle y permitía además que quienes no pagaban se beneficiaran del servicio, así que los knocker-ups se buscaron sistemas más selectivos: cañas largas, pértigas, varas rematadas con alambre o hueso de ballena y otros instrumentos capaces de alcanzar ventanas situadas varios pisos por encima de la calle. También se disparaban guisantes secos mediante tubos estrechos para hacerlos chocar contra los cristales. El objetivo era sencillo: despertar al cliente sin hacerlo gratis con sus vecinos.
Y el trabajo no terminaba con el golpe. Si el knocker-up se marchaba sin comprobar nada, cobraba por un servicio que quizá no había prestado, de modo que esperaba hasta recibir alguna señal desde dentro. Algunos comenzaban sus rondas hacia las tres de la madrugada y trataban de concentrar a los clientes en zonas próximas para poder completar el recorrido, en tanto que otros trabajaban directamente para fábricas, molinos o instituciones: en Burnley, por ejemplo, el comité municipal del gas contrató en 1879 a un knocker-up para asegurarse de que determinados empleados llegaran puntualmente a sus puestos.
El oficio fue desapareciendo a medida que los despertadores mecánicos se abarataron y llegaron a las casas populares, aunque el proceso fue lento porque una costumbre asentada no desaparece en cuanto aparece una solución técnicamente mejor. Los knocker-ups siguieron formando parte del paisaje industrial británico durante décadas y todavía aparecen documentados hasta bien entrado el siglo XX.
Hoy nos parece esa una imagen de otro mundo; la de alguien recorriendo las calles de madrugada con una vara de varios metros para llamar a nuestra ventana. Pero la obligación que le daba sentido, levantarse todos los días a una hora exacta, no ha desaparecido. Solo cambió de manos. Durante un tiempo, la solución más sencilla fue entonces pagar a otra persona para que la cumpliera por nosotros y hoy la llevamos, como tantas otras utilidades, en el móvil.
Bibliografía
· Arunima Datta, Knocker Ups: A Social History of Waking Up in Victorian Britain’s Industrial Towns, Journal of Victorian Culture, vol. 25, n.º 3, julio de 2020, pp. 331-348.
· E. P. Thompson, Time, Work-Discipline, and Industrial Capitalism, Past & Present, vol. 38, n.º 1, diciembre de 1967, pp. 56-97.