Si hay algo en lo que nadie pierde en el mundo de la cultura, eso es en la cuestión del público. Y vamos a hablar un poco de ello
Imaginemos que un municipio organiza un festival que se anuncia destinado a atraer visitantes, dinamizar la economía, reforzar la identidad y, en general, colocar a la población en el mapa cultural de la comarca. Se pronostica una buena asistencia, pero, a la hora de la verdad, apenas acude gente, los bares y restaurantes están casi vacíos, los autóctonos reciben el evento con indiferencia y la repercusión se reduce a un puñado de noticias de relleno.
Los organizadores podrían reconocer que sus previsiones eran erróneas y ponerse a evaluar para corregir o, llegado el caso, cancelar el proyecto. Pero también pueden optar por otra salida distinta y más cómoda: anunciar que el verdadero éxito ha sido la apuesta por la excelencia artística destinada a un público minoritario.
La coartada funciona en ambas direcciones. Si llenamos la sala (con una presentación, un concierto, una película), nos legitimamos con la gran afluencia. Pero, si no, nos justificamos aludiendo a que nuestra propuesta era para minorías.
Podríamos llamar legitimación retrospectiva al recurso de justificar una actuación cultural, una vez conocidos sus resultados, acudiendo a criterios distintos de los invocados al tomarla o alterando la importancia que se les atribuía. Esto es algo que permite salvar los muebles (o más que eso) sin tener que falsear los hechos. Tan solo basta con modificar aquello que se pretende demostrar gracias a tales hechos.
Desde luego que esto no es exclusivo de la cultura, pero aquí se pone de manifiesto, con toda crudeza, la dificultad para establecer criterios claros a la hora de valorar las actividades. La calidad artística, lo mismo que el interés público, son razones legítimas para defender una iniciativa, pero también ofrecen justificaciones alternativas cuando los resultados no son los esperados. Y el público, ese colectivo de límites cambiantes al que se suelen atribuir gustos y necesidades sin contrastar, es un buen instrumento para operaciones de este tipo.
Tres maneras de reconstruir el éxito
La primera consiste en modificar qué entendemos por público. Esa denominación engloba a los que compran una entrada tanto como a los invitados, a los que siguen su retransmisión e incluso a aquellos que han recibido información sobre ella. Quede claro que, aunque son relaciones de distinta intensidad, todas pueden ser relevantes a la hora de analizar el alcance de una propuesta cultural. El problema aparece cuando se confunden o se agrupan sin aclarar lo que se contabiliza. Las entradas vendidas son una medida exacta, pero lo discutible es qué se suma con qué.
Pongamos un concierto al que se espera que acudan mil personas y solo acuden doscientas, pero quince mil siguen la retransmisión. Una evaluación reconocerá que la asistencia presencial no cumplió las previsiones, pero que hubo un seguimiento que merece atención. Otra, en cambio, anunciará que hubo más de quince mil espectadores y proclamará el gran éxito de la convocatoria. Las cifras son las mismas, pero su significado cambia según se sumen y el peso que demos a los parciales.
Y existe una variante: la de modificar retrospectivamente el público que se buscaba. Una actividad concebida para atraer foráneos puede felicitarse por haber movilizado a los vecinos, de la misma forma que una exposición que apuntaba al gran público puede luego darse por satisfecha por haber logrado reunir a una minoría de especialistas.
Todos son objetivos valiosos, quede claro, pero una cosa es encontrar destinatarios inesperados y otra afirmar que ese público era el que siempre se pretendió convocar.
La segunda manera es decidir con qué comparar los resultados obtenidos. Una actividad puede superar el mínimo operativo, pero quedar por debajo de las previsiones con las que se justificó su financiación. Ambos son hechos ciertos, pero centrarse en uno, al tiempo que se omite el otro, modifica mucho la percepción del evento.
El caso del programa británico UNBOXED es ilustrativo. Cuando el ministerio aprobó la actuación, en septiembre de 2021, esta contaba con una financiación pública de 120 millones de libras destinados a diez proyectos culturales y científicos, y con una estimación de unos 23 millones de participantes. En septiembre del año siguiente, cuando se celebró todo, los objetivos operativos sumaron 9,2 millones de asistentes, en tanto que, en noviembre, la organización anunció unos 18,1 millones de personas y consideró cumplidas sus metas.
La investigación publicada por la National Audit Office en diciembre de ese mismo año señaló que los objetivos finalmente establecidos eran inferiores a las estimaciones utilizadas para aprobar el programa, advirtiendo de que no había examinado el procedimiento empleado para registrar la participación. También resulta importante que una parte de los proyectos ya había concluido cuando se terminaron de fijar las metas operativas, aunque las previsiones específicas se habían elaborado antes de comenzar cada actividad. La cronología aquí no es para nada un detalle secundario.
Ya en septiembre de 2021 se preveía un alcance mayoritariamente digital o televisivo, por lo que no cabe insinuar que esas modalidades se incorporaron después para engordar las cifras. Tampoco la diferencia entre 23 y 9,2 millones de personas basta para demostrar la existencia de una maniobra retrospectiva. La primera cifra era una estimación, no un objetivo formal, pero este episodio muestra hasta qué punto el balance depende de la referencia que se elija.
La tercera manera consiste en alterar el peso que se atribuye a los objetivos. Un programa con varios de ellos (atraer visitantes, reforzar la identidad, mejorar la proyección local, ayudar al comercio, promover la excelencia artística, etc.) puede cosechar resultados mediocres en casi todas esas dimensiones, pero sobresalientes en una. Sin modificar las cifras, basta con construir un relato triunfal alrededor de ese único indicador favorable, reduciendo de paso los demás a unas pocas líneas en la memoria final.
La evaluación y sus disfraces
Hay tres vías para producir balances en apariencia similares. Una es la de reconocer fracasos, examinar sus causas y señalar al tiempo los resultados favorables. Otra es centrarse en los éxitos para ofrecer una visión parcial de lo sucedido. Y la tercera es modificar las justificaciones originales para desplazar un incumplimiento constatable.
El Millennium Dome de Londres ofrece un ejemplo ilustrativo del primero. El proyecto, aprobado en 1997, tenía una previsión de doce millones de visitantes de pago. Por cierto que los de la Millennium Commission habían recomendado trabajar con ocho. Al final solo recibió cinco millones y medio que, siendo una cantidad notable para una exposición temporal, no llegó ni a la mitad de lo previsto. Esto es buena muestra de que una muchedumbre puede parecer un éxito de convocatoria y ser al tiempo un fracaso respecto a las previsiones económicas sobre las que se aprobó la iniciativa.
La legitimación retrospectiva cuenta con recursos. Una memoria destinada a justificar el uso de recursos públicos o el informe que ha de orientar sobre la continuidad o cancelación de un programa tienen un grado alto de exigencia. En cambio, una nota de prensa puede destacar los aspectos más positivos de una actividad, ya que su función no es la de ofrecer un examen exhaustivo. Confundir la comunicación promocional con la rendición de cuentas es algo que proporciona a las organizaciones una libertad considerable para decidir qué resultados pone bajo los focos y cuáles relega a las sombras.
Pero eso no basta para legitimar retrospectivamente una actuación cultural. Es preciso reconstruir las razones que llevaron a la decisión y compararlas con las utilizadas para defender esta última a posteriori. El oscurantismo es un buen aliado en esto, puesto que, si no conocemos los objetivos previos, podremos cuestionar la planificación o el balance, pero nos será difícil demostrar que se han variado unos criterios iniciales que ignoramos.
A cambio, no toda rectificación posterior es oportunismo. La experiencia puede mostrar formatos más adecuados y públicos inesperados que aconsejan modificar una programación. Lo criticable no es eso —más bien merece aplauso—, pero sí lo es presentar lo que al final se consiguió como si eso hubiera sido siempre el objetivo principal.
Así que aquí aparece una pregunta que no debe faltar antes de aprobar un proyecto cultural de cierta entidad: ¿qué tendría que ocurrir para asumir que no se han cumplido los objetivos? No es que esto garantice por sí mismo una evaluación rigurosa, pero fija las reglas originales y permite comprobar luego si estas han cambiado después de que la realidad las haya puesto a prueba.
El público que siempre da la razón
Es cierto que la continuidad de determinados proyectos culturales no puede depender necesariamente de la respuesta del público. Una política cultural orientada solo a las masas dejaría desatendidas no pocas manifestaciones artísticas cuyo valor no puede medirse por su popularidad. Justo por ello, conviene que las razones para financiar este tipo de iniciativas estén claras desde el principio, sin atribuirles una demanda mayoritaria que probablemente nunca existió.
Tampoco olvidemos que las organizaciones desarrollan intereses propios. Necesitan conseguir recursos y justificar sus decisiones, por lo que los procedimientos destinados a evaluar sus resultados pueden acabar sirviendo a objetivos distintos de los previstos. Y aquí aparece una tensión propia de la gestión cultural: una memoria puede ser un instrumento de aprendizaje y mejora, o convertirse en pura justificación, cuando no en un instrumento ceremonial destinado a mostrar que la organización merece seguir existiendo (recibiendo apoyos y financiación).
La legitimación retrospectiva favorece estas últimas posibilidades, al permitir reinterpretar, a posteriori, la importancia que ha de atribuirse a la respuesta del público. Como decía al comienzo, si los asistentes son muchos, se presenta eso como la demostración de que la propuesta satisface intereses públicos; si son escasos, se defiende que por eso era necesaria la iniciativa: para ampliar sus horizontes o atender a las minorías culturales.
En este tema de la legitimación retrospectiva es clave el público. El público es la piedra angular. Sobre todo porque el público, así, en abstracto, más que amorfo es imaginario, porque no hay público sino muchos y muy distintos públicos. Pero ese público imaginario tiene una ventaja sobre los públicos reales, y es que, justo por no existir, no puede contradecir a aquellos que dicen conocer sus gustos y deseos. Se le pueden atribuir ciertas demandas, necesidades o preferencias culturales con toda rotundidad.
Y luego, tras enfrentarse a esos públicos concretos, con sus intereses tan diversos y, muchas veces, sus ausencias y sus respuestas imprevistas, no faltan quienes se aplican a modificar retrospectivamente la imagen del público.
Podríamos hablar de una operación simétrica, que actuaría antes de conocer los resultados y a la que podemos llamar legitimación prospectiva, consistente en presentar una iniciativa como la respuesta a una demanda, o como soporte de un valor colectivo, sin acreditarlo. Pero esto merece otro artículo.
La cultura debe aceptar que cierto número de iniciativas fracasan, aunque hayan sido concebidas con solidez. Pero reconocer tal incertidumbre no autoriza a reconstruir los propósitos originales para presentar los resultados como un éxito. Los públicos reales pueden ser muy diferentes del monolítico imaginado por los promotores de una actuación cultural, y esa diferencia debiera ser una fuente de conocimiento y mejora, y no una amenaza para su prestigio. Aquí, la legitimación retrospectiva permite eludir el choque con la realidad cambiando, después de la realización de la iniciativa, quiénes eran los destinatarios o cómo debía contabilizarse su respuesta. Simular que se tenía razón no acredita éxito real o excelencia artística, solo astucia para maquillar la realidad.
Bibliografía
Referencias teóricas
Meyer, John W. y Rowan, Brian (1977). «Institutionalized Organizations: Formal Structure as Myth and Ceremony». American Journal of Sociology, 83(2), pp. 340-363.
Weiss, Carol H. (1998). «Have We Learned Anything New About the Use of Evaluation?». American Journal of Evaluation, 19(1), pp. 21-33.
Power, Michael (1997). The Audit Society: Rituals of Verification. Oxford University Press.
Fuentes documentales
House of Commons, Committee of Public Accounts (2002). The Millennium Dome, Fourteenth Report, HC 516. https://publications.parliament.uk/pa/cm200102/cmselect/cmpubacc/516/51603.htm
National Audit Office (2022). Investigation into the UNBOXED festival, HC 938. https://www.nao.org.uk/reports/investigation-into-the-unboxed-festival/