El espejo de Salomón

El espejo de Salomón

 

El espejo de SalomonNo sé en qué momento ni por qué en concreto nació en mi cabeza la primera idea de El espejo de Salomón. No digo esto por decir. Para escribir estas líneas, me he esforzado durante días en bucear en la memoria. Nada. En esto se diferencia de forma radical de Los lugares secretos. El único recuerdo cierto es el de que en algún momento me encontré con una idea brumosa para una novela. Una de una investigación y un misterio tocantes a… Bueno. Aquí nos encontramos ante un nudo de difícil solución. Si han leído la novela saben qué es lo que mueve al misterio y no hace falta que se lo cuente de nuevo. Si no la han leído, no lo saben y les reventaría la sorpresa. Porque el descubrimiento de lo que está ocurriendo y por qué es uno de los puntos de giro de la novela.

En fin. Partiendo de esa premisa a ver cómo les hablo sobre la elaboración y las tripas de la novela. Sin reventar nada, podría decir que creo que es una narración de las que nacen por acumulación. Tengo la buena costumbre de guardar ideas sueltas. Y de vez en cuando varias de ellas se encajan solas en el fondo de mi cabeza para articular una historia. Creo recordar que este fue uno de esos casos.

Pero si hay detalles que puedo contar sin chafar el misterio del libro. Por ejemplo que es una de las novelas que más viajes me ha llevado a hacer. Unos los hice para documentarme. Pero alguno fue por un motivo distinto y, una vez allí, se me ocurrió que en esos parajes podía ambientar parte de la novela. Por ejemplo: fui a Montesa ex profeso para visitar la vieja fortaleza de la orden militar del mismo nombre. Y hubo un viaje a los Oscos que acabó dándome escenario para tres capítulos de la novela.

Siguiendo una tradición del género de thriller histórico, procuré usar establecimientos reales. También integrar en la novela sucesos ocurridos en el pasado, dándoles una vuelta de tuerca para encajar en la narración. Ejemplos de eso son las misteriosas excavaciones que se hicieron en la fortaleza de Montesa, por orden del general Franco, y de las que no queda archivo alguno. O la desastrosa expedición a Baza de los caballeros de Montesa, ya en las postrimerías de la Reconquista.

El espejo de Salomón fue mi quinta novela y la primera con protagonista femenina. Protagonista en el sentido de eje de la narración. Porque en La boca del Nilo –otra novela casi coral- ya uno del trío central de la narración es Senseneb, una sacerdotisa de la Isis nubia. Pero aquí por primera vez le di el hilo conductor absoluto a un personaje femenino. Y créanme que para mí eso fue arduo. Solvente los mil y un detalles que marcan la diferencia entre lo verosímil y lo estúpido o lo ridículo gracias a alguna buena amiga que me corrigió una y otra vez elementos que para mí no resultaban obvios.

Ocurrió un incidente que no me resisto a poner aquí por escrito. En general los comentarios y críticas sobre la novela fueron favorables. Pero me encontré uno, en un periódico regional de Levante, que arremetía como un búfalo contra la novela. En concreto, me acusaba de no haberme documentado lo más mínimo, ya que –según el crítico- en mi novela hablaba de que «un ejército de arqueólogos al servicio de Franco había estado excavando en Montesa». Tal cual.

Aquello me dejó perplejo durante un rato. En la novela se usa un episodio real antes citado. El ejército acordonó en tiempos del general Franco el castillo de Montesa. Y  dos arqueólogos –dos- estuvieron allí excavando. Nunca se hizo público el resultado de sus indagaciones y jamás se ha sabido lo qué buscaban, porque la documentación ha desaparecido. De aquel episodio queda la rampa que construyeron los soldados, porque entonces el castillo estaba tan en ruinas que era inaccesible por su antigua puerta.

Pero toda perplejidad se esfumó cuando teclee la frase del crítico en Google. Eso sí que es un gran invento. Aquella mención a un «ejército de arqueólogos» es una expresión coloquial que pronuncié en una entrevista en EFE. El supuesto crítico no se había ni leído mi novela. Creyó que ese comentario era una frase del libro. Muy ético el amigo. Dada su afición a fabular, el pájaro en cuestión debía dedicarse a la narrativa, antes que al periodismo cultural.

Pero bueno, malas prácticas de ciertos míseros aparte, el libro funcionó. Y eso es lo que importa. Sigue gustando a la gente que lo lee. Y eso llena de satisfacción a un autor. A mí también me gusta cuando la ojeo para refrescarme sobre mi propia obra. Supongo que todo eso fue decisivo para animarme a escribir un segundo thriller histórico, Los lugares secretos. Pero esa es ya otra historia que se cuenta en su apartado correspondiente.

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