Thriller histórico

Podríamos definir al thriller histórico como un género de fusión. Nacido hace poco y por incorporación de elementos propios de otros géneros con mucha más solera, como podrían ser el histórico o el de misterio. Eso no significa que naciese ayer, como creen algunos. Se ha asociado al thriller histórico con el éxito de El código da Vinci, al punto de que más de uno le ha atribuido su creación. Tonterías. El género nació décadas antes. Es posible incluso recordar sin esfuerzo otros éxitos tremendos dentro del mismo. El ocho, sin ir más lejos. Y ya por entonces el thiller histórico llevaba tiempo de andadura.

Otra de las características de esta narrativa es que no goza de buena fama. Tiene su lógica. Algunos de sus recursos más conspicuos son bastante aparatosos. Por ejemplo los misterios relacionados con la antigüedad y con figuras históricas. O las organizaciones en las sombras –benéficas o maléficas- que llevarían tramando sus telarañas desde hace cientos o miles de años.

Todo eso hace que el terreno sea de lo más resbaladizo. Nada más fácil que las novelas patinen y caigan en excesos de verdad esperpénticos. Y si a ello le sumamos que se produjo una sobreabundancia de libros, así como una repetición de fórmulas, todo quedó servido para que le colgasen el cartel de «subliteratura». Y es verdad que hay muchas de estas novelas que merecen tal apelativo, y eso siendo generosos.

Los excesos llevaron al género a una pérdida rápida del favor de un público que durante unos años devoraba este tipo de libros. La gente se da atracones del mismo plato y luego acaba estragada y no quiere saber nada de ellos. Aquí ha ocurrido algo así.

Nada de todo eso impide que el thriller histórico sea un buen terreno para contar historias de misterio que rozan el campo de lo fantástico. Rozan, solo rozan. Fue esa contigüidad la que creo que me llevó a incursionar en este terreno. A escribir dos novelas enmarcables en el género: El espejo de Salomón y Los lugares secretos. Aunque aclaro que no hay en ellas elementos de fantasía.

Sí lo que podríamos llamar «fantasioso». Me atrajo y me atrae esa superposición de dos niveles. Por un lado escenas que se desarrollan en un Madrid actual, de ahora, con lugares reales con sus nombres. Y solapado con todo ello una trama de misterio con elementos ocultos.

Bueno. Fue muy sugerente escribir esas dos novelas y me dotó una vez más de nuevos recursos como narrador. No sé si volveré algún día a este género. Por un lado me queda mucho que explorar como escritor, por territorios muy alejados. Pero ¿quién sabe?

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