Última Roma

Última RomaEsta novela ha sido uno de los mayores retos de mi carrera de escritor. Supuso también uno de los mayores esfuerzos que he tenido que realizar. Y no se trató tan solo de documentarse sobre una época que, pese a ser una encrucijada en la historia de la Península Ibérica, es de lo más desconocida por el público en general. Ocurre que, por el mismo enfoque de la novela, el esfuerzo mayor estuvo en poder meterse en las mentalidades de los diversos actores de la novela, en su visión del mundo, en sus ideologías. Porque ya entonces existían ideologías y de eso trata en parte Última Roma.
El destronamiento del último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, no supuso la volatilización de la romanidad. Gran parte de occidente siguió, en algunos casos durante siglos, considerándose «romana». Algo que aprovechó en parte el emperador de Oriente Justiniano I para lanzar en su momento una guerra a escala casi global para la época, con la intención de recuperar las provincias perdidas del imperio romano de Occidente.
El punto de partida es un episodio muy oscuro y breve, que justo por esas razones ha hecho correr ríos de tinta y levantado montañas de hipótesis. La mención en la Vida de San Millán de la destrucción de la «provincia de Cantabria» a manos de los visigodos, y el exterminio del senado de notables que allí gobernaba de manera autónoma, en tiempos del rey Leovigildo. Eso fue lo que me dio pie a plantear toda una historia sobre la romanidad sin Roma, en la Hispania del siglo VI d.C.
Y luego se fueron sumando hilos, a medida que al investigar encontraba más y más elementos apetitosos. El primero de ellos, el fabuloso pueblo de los britones: bretones artúricos refugiados en las costas norteñas de Galicia y de Asturias, tras la derrota de su pueblo a manos de sajones y anglos, en Gran Bretaña. Algo que, en otras latitudes, habría dado lugar a todo un subgénero de novelas.
En fin, salió larga y me vi obligado a la contención para que no se desbocase o se convirtiera en un volumen de longitud imposible. Por eso tampoco me voy a extender más aquí. Pero si hay que señalar que, además de lo puramente literario, Última Roma fue un experimento para conectar el libro papel, lo físico, con el enorme caudal de conocimientos e información que supone Internet.
Para ello usamos más de medio centenar de códigos QR. Y, dada su naturaleza experimental, esos QRs llevan a material muy diverso: mapas, paneles de ilustraciones, entradas en Wikipedia, videos. Fue el primer experimento de esas características y envergadura, aunque ya había habido experiencias previas, pero más en la dirección del «libro enriquecido» con material extra. Aquí se buscaba seguir la fórmula de redirigir a lugares ajenos al libro en sí y a su autor, al igual que hacen los hipervínculos de las webs.
El resultado, tanto en lo literario como en lo técnico, no pudo ser más satisfactorio. Considero Última Roma como una de mis obras más maduras y el haber probado que el libro papel y la Red no son enemigos, sino que pueden trabajar y establecer sinergias, fue una gran satisfacción.

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