La luz de Egipto

La luz de Egipto

Edhasa 2009

Desde que se publicó La boca del Nilo venían pidiéndome que escribiese otra novela ambientada en Egipto. Una petición la verdad un poco paradójica. Porque ¿cómo iba yo a escribir otra novela egipcia si nunca había escrito ninguna? Aunque yo entendía lo que querían decir.

Sin embargo, lo cierto es que La boca del Nilo no es egipcia, por más que aparezcan en ella algunos egipcios. No lo es en lo temporal, puesto que se desarrolla en el siglo I de esta era, cuando Egipto era ya provincia romana. Tampoco en lo espacial, ya que de hecho la novela comienza en la misma frontera de Egipto con Nubia. Ni siquiera en la peripecia, ya que narra una expedición romana a las fuentes del Nilo.

Pero el caso es que al final, un buen día, me animé a escribir una novela histórica de corte egipcio. ¿Y por qué no? Egipto es una civilización fascinante. Además, no deja de ser un valor bastante seguro, porque existe una legión de lectores devotos de sus novelas. Y ocurre que la cultura egipcia duró miles de años. Grandes lapsos temporales han sido muy poco tocados por los novelistas o no lo han sido en absoluto.

Que reunieran esa última premisa, hay dos momentos históricos de Egipto que me llaman en especial la atención por sus posibilidades narrativa. Al final me decidí por el III Periodo Intermedio, ese que daría paso al último de los Renacimientos egipcios, tras el que vendría la conquista persa y la pérdida final de independencia.

El III Periodo Intermedio fue de desórdenes, desunión y decadencia, tanto en lo político como en lo ideológico. Da para mucho juego en lo narrativo. Y yo en concreto opté por los años previos a la reunificación del imperio bajo el faraón Psametico I.

En esa época, Egipto –sobre todo el Delta- estaba fragmentado en una miríada de reinos. Se había convertido en campo de batalla entre asirios y nubios, que pugnaban por la hegemonía en Egipto. Desde Sais, los que serían los faraones de la XXVI dinastía trazaban ya sus planes para el resurgir tardío del imperio.

Fue un periodo turbulento y contradictorio. Imperios extranjeros imponían su ley sobre el territorio, se estaban ya estableciendo colonias griegas en el Delta, entraban gracias a ellos corrientes artísticas que influirían en el arte egipcio. Al mismo tiempo, la vieja religión degeneraba hasta escindirse en la práctica en dos, una cultivada por las clases altas y otra más popular. Y mientras la propia sociedad se tornaba más y más xenófoba como reacción a las invasiones y a la propia decadencia interna.

Podía haberme decantado por Psametico perfectamente. Son una historia y unas circunstancias fascinantes: la de una dinastía descendiente de libios, bárbaros a ojos de los egipcios, que encabezó el último destello de civilización de verdad egipcia antes de iniciar el declive que le llevaría a una lenta disolución de su esencia a lo largo de siglos de distintas dominaciones.

Pero me decanté por inventar a un personaje, Snefru, un funcionario al servicio del faraón con el cargo de uetuti nesu (mensajero del faraón). Tal cargo en esa época era algo así como un agente de la autoridad errante. Una misión más que problemática, dado que la autoridad del faraón y sus servidores era rechazada tanto por los nubios invasores y sus aliados, los sacerdotes de Amón en Tebas, como por la mirada de caciques instalados en los diminutos estados del Delta.

Me interesaba la tensión el momento. La pugna entre fuerzas centrífugas y centrípetas. Entre la decadencia, lo nuevo y las nostalgias de un pasado glorioso. Y al mismo tiempo quería darle una trama de aventuras sobre la que se articulase todo eso.

Y con todo eso y algunos elementos más que me van a permitir que no desvele construí este libro. Y una vez publicado me llevé la sorpresa de que algunos lo calificaban de «western» a la egipcia. Como es una opinión que me ha confesado más de uno y más de dos, merece la pena que me detenga un poquito en esto. Porque aciertan y a la vez se equivocan.

La luz de Egipto es una novela de frontera. Y lo es de forma voluntaria. Así la concebí. Siempre me ha fascinado la literatura de frontera, que no se circunscribe ni de lejos a la fórmula de la novela. Literatura de frontera ha existido quizá desde el tiempo de los propios egipcios. Esa de personajes situados en tierra de nadie, donde por una razón u otra no impera más ley que la ley del más fuerte. En la que cada cual está librado a sus propios recursos y a su propia ética y responsabilidad.

Ocurre que el western entra de lleno en la narrativa de frontera. Como este último es un término poco usado en los últimos tiempos y el western ha sido uno de los géneros de frontera más populares durante el siglo XX, entiendo esa asimilación. Por eso decía que aciertan a la vez que se equivocan.

La peripecia, sobre todo la de Snefru, que tiene que bascular entre lealtades encontradas, pertenece de lleno a la literatura de frontera. Por donde discurre y a dónde le lleva por supuesto que no se lo voy a revelar. Eso queda para las páginas de la novela.