La boca del Nilo

La Boca del Nilo

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La primera vez que supe algo de la expedición que el emperador romano Nerón envió en busca de las míticas fuentes del Nilo fue gracias a un comentario casual de mi buen amigo Alfredo Lara. Y ya la cuestión se me quedó ahí clavada en la cabeza, como una espinita mental.

¿Romanos? ¿Legionarios romanos rumbo al corazón de África? Amigos. Demasiado bueno para ser verdad.

El caso es que aquella mención bastó para que comenzase a interesarme por el tema. Así es como, más a menudo de lo que algunos creen, se siembran como granos las ideas que a su tiempo se convertirán en novelas. Y mi interés fue creciendo según iba conociendo más y más detalles.

De entrada, solo nos han llegado dos noticias breves acerca de aquella expedición. Una es de Séneca y otra de Plinio el Viejo. Eso es poco para tal hazaña. Pero a cambio implicaba que tendría las manos bastante libres para fabular sobre la aventura, siempre manteniéndome dentro de lo plausible, por supuesto.

La nota que le dedica Séneca en su obra Cuestiones Naturales indica que aquella expedición llegó hasta unos pantanos inmensos por los que deambularon durante largo tiempo hasta dar con lo que ellos creyeron que eran las verdaderas fuentes del Nilo. Esos pantanos solo pueden ser el Sudd, una vasta región inundada en lo que ahora es ya Sudán del Sur, con una extensión superior al 20% de la de España. Así que, desde luego, aquellos legionarios romanos llegaron lejos. Bien lejos.

En cuanto a la nota de Plinio el Viejo, indica que en aquella expedición iban pretorianos. ¿Pretorianos? ¿Cómo es eso posible? Los pretorianos eran la única fuerza militar acantonada en Roma y sólo abandonaban la ciudad dando guardia al emperador. ¿Qué hacían los pretorianos en una expedición al corazón de África? Es como si nos dijeran –valga el ejemplo- que nuestro gobierno iba a enviar a la policía municipal de Vigo a la guerra de Afganistán. Algo del todo ajeno a la naturaleza y funciones del cuerpo.

Aquel detalle me llenó de intriga. A la par, abrió posibilidades dramáticas para una posible novela. Pero había muchos más interrogantes.

Un ejemplo. Si esa expedición fue ordenada por el emperador, que sentía fascinación por Egipto, si contó con fuerzas de élite (y soldados de buena familia, como eran los pretorianos) si llegó tan lejos… ¿por qué tuvo tan poca repercusión? Egipto estaba en aquella época de moda en Roma. Los orígenes del Nilo fascinaban a los romanos de entonces, como casi dos milenios después fascinarían a los ingleses victorianos. Una hazaña de ese calibre tendría que haber causado sensación.

Pero si lo hizo, no nos ha llegado registro de ello. Es como si hubiera pasado desapercibida. De hecho, los supervivientes de la aventura no debieron recibir grandes honores por sus logros.

Así que me encontré con que ahí había tierras incógnitas, viaje, aventuras, una hazaña olvidada, enigmas y tan pocos datos que daban mucho margen narrativo. Una combinación irresistible, ¿verdad?

Y más o menos así se gestó La boca del Nilo. A la hora de desarrollar la novela tuve que tomar unas cuantas elecciones clave. Por ejemplo, cómo contar la historia, qué aire darle. Y opté por uno lejano, con toques de recuerdo y por tanto de imprecisión. Es por eso que la historia está contada así, con cambios de narrador, y no por alarde. Soy de los que piensan que un escritor debe conocer y dominar los recursos literarios, por supuesto, pero sobre todo par no emplearlos. No es necesario saturar cada página de metáforas, hipérboles, oxímorones. Hay que usarlos cuando hay que usarlos, cuando consideremos que sean más eficaces que cualquier otra fórmula.

Por ese tono que quería darle, la novela comienza años después de la expedición y muy lejos. Es en un festín en Asia, cuando el anfitrión pide a Agrícola, uno de los que estuvo en aquella aventura, que le cuente cómo discurrió.

Por eso también en una parte del libro cambia el narrador, porque es el griego Demetrio el que cuenta varias jornadas de exploración a Agrícola, que hubo de quedarse convaleciente en el campamento base. Agrícola no narra lo que no pudo ver en esas jornadas, sino lo que le contaron a él. Y eso añade subjetividad a lo que ocurrió, que es lo que yo pretendía.

El caso es que yo quedé más que satisfecho con la Boca del Nilo. Pero tuvo al comienzo suerte adversa. Hasta cinco editoriales la rechazaron por muy distintas razones. Incido en este último detalle porque a veces los escritores, cuando comentamos estas peripecias, olvidamos que no siempre nos rechazan una obra por miopía de los editores, que también se da. Pero en la decisión de publicar o no suelen concurrir más factores aparte del literario, tales como la oportunidad, en encaje en la línea editorial, etc. Al fin y al cabo, esto es un negocio, señores.

En fin. Que, como bien está lo que bien acaba, gracias a los buenos oficios de Paco García Lorenzana, entonces editor de Minotauro, La boca del Nilo llegó a Edhasa. Ellos se decidieron a apostar por la obra. Y, como ocurre muchas veces con las novelas de arranque dificultoso, una vez editada no le pudo ir mejor. Varias ediciones, dos premios a la mejor novela histórica del año… y sobre todo la satisfacción de que todavía me escriben lectores para decirme lo que les ha sorprendido, lo mucho que han disfrutado con La boca del Nilo.

Y créanme que para un escritor como yo ese es un gran halago. De hecho, no se me ocurre mayor galardón posible.

En la actualidad, aún es posible adquirir ejemplares sueltos de las ediciones en papel y, también se puede comprar la edición en ebook de Kokapeli, en su librería electrónica habitual o en las siguientes plataformas (pinche en el icono correspondiente para acceder a la plataforma):

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