Novela histórica

Lo cierto es que pasé al género histórico desde el fantástico de una forma casi natural. Ya lo apuntaba en alguna otra página de las que forman este sitio web. Histórico y fantástico a simple vista parecen dos géneros muy alejados, pero en mi caso solo hubo un paso entre ambos.

Eso fue posible porque mi primera novela de corte histórico fue El hombre de la plata. Una narración ambientada en Tartessos. Es decir, en una antigüedad remota y en un imperio que, aunque existir existió, sólo nos ha dejado algunos restos arqueológicos y un puñado de referencias externas, de navegantes griegos sobre todo.

En esa novela, ambientada en el siglo VI a. de C., en una tierra turbulenta, mítica para los habitantes del Mediterráneo Oriental de la época, a la que acudían toda clase de aventureros en busca de fortuna con las armas o el comercio, me fue fácil usar recursos propios de la fantasía heroica. Recursos que también están presentes en la siguiente novela, Las lanzas rotas, aunque ya en menor medida. Recursos que no están ausentes del todo en algunos pasajes de La boca del Nilo.

En cuanto al por qué del cambio hubo varios motivos. Uno de ellos es que mi impulso como escritor ha sido siempre el de buscar nuevos horizontes narrativos. Nuevos para mí, se entiende. Y las novelas históricas –que siempre estuvieron entre mis favoritas como lector- parecían ofrecer grandes oportunidades desde el punto de vista creativo.

Pero, además de tales inclinaciones, había de por medio circunstancias que obligaban al cambio.

Verán. Allá a finales de los 90, si uno quería tener alguna oportunidad de abrirse camino como escritor, tenía que salir del género fantástico. Salir. Así de claro. Ahora, unos porque no vivieron esa época y otros porque parecen haberlo olvidado, nadie parece recordar que en las editoriales españolas de entonces –con alguna excepción de sello y escritor- a los autores nacionales nos era imposible publicar fantasía o ciencia-ficción.

¿Por qué? En algunas editoriales eran los prejuicios. Por ejemplo, hasta la llegada de Harry Potter, había sellos de literatura juvenil que nada querían saber con la fantasía. Luego corrían como lobos en busca de cualquier manuscrito relacionado con el género, claro.

Pero la razón principal es que por aquel entonces había una serie de personajillos situados como editores o asesores de colecciones de género que directamente descartaban publicar a españoles. De hecho, aunque ahora vayan y en ciertos casos algunos los consideren una especie de «padres de la patria» del fantástico, esos sujetos no se recataban de descalificar a toda la producción nacional sin molestarse en echarle un vistazo siquiera.

Es bueno no olvidar. Y esa era la situación. La cosa se abrió un poco gracias al Premio UPC de ciencia-ficción. Pero tuvo que comprar Planeta el viejo sello Minotauro para que ese telón absurdo desapareciese. Solo cuando Minotauro comenzó a editar novelas españolas se normalizó de verdad la cosa y los autores españoles pudieron publicar fantasía, ciencia-ficción o terror sin que nadie les aplicase baremos distintos.

Pero ese giro tuvo lugar en el 2003 y hasta entonces poca salida había en el género fantástico. Para colmo, surgió una hornada excelente de autores en ciernes en la década de los 90. No pocos se quedaron en eso, en ciernes. Se malograron o desistieron ante las circunstancias adversas. Mira uno atrás y se le abren las carnes al recordar algunos nombres que, de haber sido distintas las cosas, habrían podido crecer y cuajar una producción notable.

El caso es que cada uno salía por donde podía. Más de uno lo hizo por la novela juvenil. Y me decanté por la histórica. Y no puedo quejarme, desde luego.

El género histórico me ha tratado bien. Me ha dado satisfacciones y recompensas como escritor. Es un mundo de posibilidades en lo narrativo. Después de las novelas mencionadas, me decidí por escribir algo tan distinto como Los malos años, que se ambienta en la época de Pedro el Cruel. Es de hecho una novela que narra la primera parte de su reinado y la guerra que se desató a raíz de que abandonase a su esposa Blanca de Borbón. Ahí hube de ceñirme a los hechos plasmados en las crónicas y, con las licencias que se permiten a un escritor, a los caracteres retratados por la historia. Luego volví a permitirme más grados de libertad con La luz de Egipto

En fin, que el histórico es un campo tan amplio como flexible. Por eso, por mucho que siga explorando otros terrenos narrativos, me parece harto difícil, la verdad, que alguien como yo se resista a futuras novelas de este género.

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