Obra

Lo cierto es que nunca quise encasillarme en ningún género literario en concreto. Tampoco en ninguna clase de historias en particular. He escrito novelas fantásticas, históricas, negras, thriller. Unas –como La boca del Nilo o Los malos años– eran historias «grandes» y casi corales. Otras bastante más pequeñas y centradas en un personaje, caso por ejemplo de Las lanzas rotas.

Esto de no encasillarte tiene su precio, por descontado. Existe un porcentaje apreciable de lectores que van a piñón fijo. Limitan sus compras a un género. Buscan más de lo mismo y son reacios a todo lo que salga de esos márgenes que ellos mismos se han fijado. De hecho, lo más seguro es que ni siquiera compren una novela de un autor que les gustó pero que pertenezca a otra temática distinta de la suya favorita.

A cambio, el no encasillarte te ofrece también sus buenas recompensas. Ir cambiando de género, de tipo de narración, te permite crecer como autor. Cada vez que te enfrentas a un género nuevo tienes que sudar la camiseta. Esforzarte para dominar los recursos propios de ese género. Y ese esfuerzo va aumentando tu bagaje como escritor de cara a novelas futuras.

Y en mi caso, esa ausencia de encasillamiento, ese deambular por distintas narrativas me ha dado, luego de diez años de trabajo, una obra variada de la que –aunque sea orgullo de padre- me siento razonablemente contento.

¿Qué cuándo empecé en todo esto? Bueno. Dejando de lado que fui, como tanto, uno de esos que de niño garabateaba aventuras en cuadernos rayados, ya perdidos, hice mi primer intento serio de novela allá a finales de los setenta. Una de espada y brujería que se quedó en un puñado de folios.

De esa repesqué ideas y algún personaje para otra novela una década después. Tampoco habría de llegar a buen puerto, aunque al menos recorrió más camino, ya que consiguió rebasar los cien folios escritos.

Se podría decir que comencé a escribir en serio a mediados ya de los noventa. Eso si «en serio» significa llegar a conseguir algún tipo de producto terminado. Producto que no fue ninguna novela sino una serie de cuentos de corte fantástico en sus vertientes de fantasía, de terror y de ciencia-ficción. La mayor parte de aquellos relatos acabaron recopilados en una antología que se tituló Besos de alacrán y que fue el primero de mis libros que vio la luz.

Y el caso es que se puede decir que a partir de ahí no volví casi a escribir cuentos. Casi. Con una novela corta de ciencia-ficción –La noche roja– a manera de puente, pasé ya a las novelas. Cambié también de género. El hombre de la plata y Las lanzas rotas pertenecen al campo de la novela histórica. Sin embargo, el salto no fue tan espectacular como podría uno pensar. Me explico.

Por aquel entonces ya tenía en el cajón una versión de Máscaras de matar, que es novela de espada y brujería. Y El hombre de la plata, siendo puristas, podría definirse como novela protohistórica, más que histórica. Se ambienta en el Tartessos del mítico rey Argantonio y sabemos muy poco sobre la historia de aquel imperio, el primer estado digno de tal nombre en España. Una circunstancia que me permitió fabular con suma libertad. De hecho, muchos de los recursos que utilicé en esa novela tienen mucho que ver con los de la espada y brujería. Personajes de corte heroico –en el sentido antiguo del término-, juramentos, maldiciones, venganzas… incluso magia, aunque para respetar el género tal magia era asumida como cierta por los personajes y no por el narrador.

Recursos de espada y brujería también presentes en Las lanzas rotas. Esta a su vez podría definirse como novela «de trasfondo histórico». Un relato ambientado en la Celtiberia profunda, en el siglo I de esta era, en un mundo crepuscular a caballo entre lo antiguo y lo nuevo. No se inspira en ningún suceso conocido ni sus personajes lo hacen en figuras reales. Por eso hablo de trasfondo histórico. Y es cierto que la novela bebe mucho –como más de uno ha señalado- en mitos viejos de los pueblos indoeuropeos.

Y de repente llegó el I Premio Minotauro a Máscaras de matar. Eso supuso un gran salto, desde luego. También un quiebro en la línea de novelas históricas por la que me había lanzado. Quiebro pero no quiebra, ya que en realidad lo único que hizo fue acentuar mi gusto por ampliar horizontes.

No tiene sentido que me extienda aquí sobre todos y cada uno de mis libros. Tampoco es mi intención. Pero sí me apetecía reseñar cómo empecé en todo esto. Porque a Máscaras de matar le siguieron más novelas históricas, thrillers, ensayos… Y no tengo intención de pararme solo en esos géneros. Esto es una historia que tiene comienzo pero no final. Y estas líneas habrá que ir rehaciéndolas según pase el tiempo y vaya sumando obras.

De hecho, ahora mismo tengo por ahí dando vueltas un par de novelas todavía inéditas, entre ellas una negra que, a mi modesto entender, es de mis obras más logradas. Pero bueno, como acabo de decir, esta presentación se reescribirá, o reformará, una y otra vez, en un futuro supongo que no muy lejano. Las líneas que la componen solo pretenden ser una suerte de prólogo a las distintas obras que reseño aquí. Así que, si quieren más información sobre alguna, solo tienen que pinchar en la página correspondiente.

Por tanto, adelante, pasen y sírvanse ustedes mismos.

Dos Salamandras Web de León Arsenal

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